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Cuando la vida te envía señales

Hace tres semanas falleció mi madre.

Antes de ese momento, viví unos meses terriblemente difíciles, no obstante nunca perdí la esperanza.

¿Por qué?

Porque yo siempre pensaba que la vida me había mandado una señal muy positiva de que, al final, todo iría bien.

Antes de entrar en mi relato, me gustaría aclarar que lo que voy a contar se puede tomar de, al menos, dos maneras: Un punto de vista más bien científico. Nuestro cerebro está programado para que logremos sobrevivir en las circunstancias más adversas y, por tanto, interpreta la realidad conforme a este fin. O, un punto de vista más espiritual, según el cual hay algo que trasciende a la mera capacidad de sobrevivir y nos hace parte de un universo complejo y maravilloso en el que todo está unido.

Tú puedes escoger el punto de vista que te parezca más adecuado para tu forma de pensar.

En la práctica, la perspectiva desde la que interpretes los hechos es poco relevante, lo que importa es la enseñanza, lo que queda y nos sirve para crecer, mejorar, prosperar y conseguir una tener una vida más plena. Por eso decidido contar esta historia sobre un tema muy personal y por eso escribo sobre temas que aparentemente no tienen ninguna conexión con el aprendizaje del inglés.

Digo “aparentemente”, porque al final todo está unido, de tal forma que si no tienes claros los fundamentos, los objetivos, el camino, no llegarás muy lejos no solo con el inglés, si no con otras materias de estudio, o habilidades, que requieran tiempo, tesón y disciplina para hacerse con ellas.

Retomando el tema de las señales, mi historia se remonta a un día del pasado mes de agosto en la isla de La Palma (Islas Canarias) donde decidimos con mi marido e hijo pasar nuestras vacaciones de verano. Además de disfrutar de la playa, tuvimos oportunidad de realizar varias excursiones.

Una de esas excursiones fue un paseo de unas 4 horas de duración en un lugar denominado Buracas (ruta de los Dragos). El terreno no presentó ninguna dificultad a la ida. Llegamos a una cafetería-bar vegana que estaba en medio de la nada, y a partir de ahí retomamos el viaje de vuelta.

Antes de partir, una empleada alemana de la tienda de productos ecológicos-cafetería nos indicó la ruta a seguir. Dijo algo así como: “Es muy fácil. Solo hay que ir por ese camino y subiendo por ese barranco encontraréis la salida. Ahí tengo yo mi coche aparcado.”

La observé. Parecía un poco mayor que yo, pero tenía un cuerpo musculado, como el de una gimnasta.

Sentí cierta aprensión y temor porque había visto desde la cafetería a gente subir por una ladera muy escarpada y, sabía que lo de escalar no era mi fuerte puesto que aunque pongo empeño en ello, soy muy patosa.

Pero no había escapatoria; era el camino obligado a seguir si no querías dar marcha atrás.

Emprendimos la caminata de vuelta a eso de las 3 o 4 de la tarde.

Desde el principio, nos encontramos un tanto perdidos porque la señalización no era muy clara, y además, en ese momento no había más gente a la que pudiésemos seguir.

Fuimos subiendo.

Por el camino me incomodaron unas moscas que me zumbaban en los oídos. Hacía calor.

De repente llegamos a un cruce de senderos.

Se podía ir a la izquierda, o la derecha. Yo pensaba que el correcto era la derecha, pero mi marido insistió en que era a la izquierda. No estaba claro. Fuimos a la izquierda.

De pronto, casi sin saber ni cómo, la situación se volvió peligrosa. Vimos que delante nuestro había solo un estrecho tablón de madera para cruzar el barranco y para agarrarse tan solo las raíces de unas poco seguras plantas de espinosos cactus.

Crucé como pude por el tablón y de repente me encontré mirando para abajo el barranco. Si me caía, no tendría mucha salvación; era un precipicio lleno de pedruscos.

Digo “me caía”  y no “nos caímos” porque siendo la más patosa, era con toda seguridad la que más probabilidades tenía de resbalar.

Cogí aire. Miré nuevamente hacia abajo y pensé: “Mantén, la calma”.  “Es importante que mantengas la calma”.

Fue uno de esos minutos en los que dices: “Si salgo de aquí sana y salva esto quedará como una simpática aventura. Si me caigo y me lastimo seriamente o mato;  la excursión habrá sido un grave error; una caminata que nunca debería haber emprendido dada mis condiciones físicas y el momento solitario y caluroso del día.”

Evidentemente, yo quería que fuese lo primero; que quedase como una anécdota hasta graciosa de nuestra excursión por la isla de La Palma. Debía hacer todo lo posible para lograrlo.

Mi hijo se adelantó para ver a dónde llevaba el camino.

Tras unos minutos comprobó que era el camino equivocado pues conducía a un vivienda improvisada instalada en una ladera del barranco y cuyos habitantes habían, con toda seguridad, puesto el tablón para pasar de un lado a otro.

El estrecho tablón seguramente servía a la perfección para mantener a los curiosos alejados del lugar. Me los imaginé jóvenes, hippies y atléticos; casi como trapecistas que disfrutan guardando el equilibrio en las alturas más inhóspitas.

Teníamos que volver para tomar el sendero hacia la derecha.

Volví a cruzar el estrecho tablón manteniendo la calma. A pesar de la estrechez del borde por donde caminaba, en unos minutos supe que ya estaba fuera de peligro porque era capaz de mantener el equilibrio.

Cuando finalmente llegamos arriba, donde la empleada de la cafetería había dicho que tenía el coche aparcado, yo estaba tan exhausta que no ya casi no podía seguir caminando.

Decidimos que mi hijo y yo esperaríamos a mi marido que fuese a buscar el coche para llevarnos de vuelta.  Escogimos un frondoso árbol que daba mucha sombra y desde el que teníamos unas fantásticas vistas al mar.

Pasó una hora, una hora y media. Empezaba a ser preocupante. Mi marido nos llamó por el móvil y nos dijo que estaba intentando encontrar el camino, pero no lo lograba porque había vuelto hacia el pueblo donde teníamos aparcado el coche por un camino peatonal, que no coincidía con la ruta en coche.

Mi hijo y yo decidimos emprender la vuelta a pie hasta una carretera desde donde pudiéramos llamar a mi marido para decirle el nombre. Tras una media hora andando, llegamos a la carretera. No tenía nombre. Preguntamos a un señor que pasó en una camioneta blanca el nombre de la carretera. No lo sabía;  pero nos ofreció llevarnos al pueblo más cercano. Rehusamos la invitación porque mi hijo desconfió.

Pienso que no había peligro alguno, pero son decisiones que debes tomar tan rápidamente, que ante la duda, prefieres pecar de demasiado prudente.

De pronto, justo delante de una vivienda del camino divisé la señal que indicaba el punto kilométrico de la carretera. Puse a funcionar el GPS de mi móvil que captó el lugar donde estábamos enseguida y se lo pude enviar a mi marido por Whatsapp.

A los pocos minutos apareció en el coche alquilado. Serían ya cerca de las 7 de la tarde, en total habíamos estado caminando más de cuatro horas. Venía con unas botellas de agua que nos supieron a gloria. Ya estábamos a salvo, agradecidos después de haber vivido una gran aventura con final feliz.

De pronto pensé: “Esto ha sido una señal. Me esperan unos meses duros, pero contaré con la ayuda de mi marido e hijo y saldré adelante.”

Mi madre en esos momentos ya estaba enferma, pero solo era un desagradable dolor a la columna que la mantenía en cama.

Llegó el mes de septiembre.

La salud de mi madre empeoró con una infección, anemia y un dolor terrible en la espalda que le impedía caminar.

Vinieron las visitas a los médicos, la compra de sillas de ruedas, andadores, cojines especiales, medicinas y las noches durmiendo en el hospital.

Se recuperó a finales de septiembre, pero al cabo de unas semanas empezó a estancarse y luego a ir a peor. Dejó casi de comer. Vinieron mis dos hermanos a ayudarme durante algunos días.

La volvimos a hospitalizar.  Esta vez ya no salió. El 23 de octubre a las 20.10 de la tarde, se la llevó una infección generalizada que desembocó en un infarto.

Ella me me había dicho, muchas veces, que ya no quería vivir. No tenía ganas de seguir luchando contra el dolor, el desgaste inevitable del cuerpo, la incapacidad de valerse por si misma. Yo la intentaba animar, siempre inútilmente.  Era una rosa que se marchitaba. Todos a su alrededor nos esmerábamos en revivirla, pero no fue suficiente. Su alma había decidido ya emprender el vuelo.

Sí, al final falleció, y eso no es un final feliz porque la muerte nunca lo es. A pesar de ello, debo decir que a pesar del terrible desgarro que sufrí al verla partir; me quedaron tantas enseñanzas, tantos mensajes increíbles de la vida, tanto amor de tanta familia y amigos que se acercó a nosotros y que nos ayudó de una forma en que yo nunca había ni siquiera soñado y a quienes quiero agradecer desde aquí infinitamente.

No todo fue tan malo, terrible o trágico. Hubo también tanta belleza a mi alrededor, tanta quizás como la de aquel atardecer de agosto en que, sentados bajo un frondoso árbol, mirábamos con mi hijo la puesta de sol sobre un un océano sereno y magnífico .

Hay que saber que estamos en esta vida para aprender, gozar y sufrir, y que siempre, siempre, elegimos la historia que queremos vivir cuando decidimos la forma en que nos tomamos y experimentamos todo lo que ocurre a nuestro alrededor; lo bueno y lo malo.

Yo siempre intento elegir el punto de vista del amor y la belleza, el de la enseñanza, el del renacer, el de levantarse después de caer, el de la voluntad férrea y la constancia, el de la vida y la esperanza.

Hazme un favor, hazlo tú también.

Descansa en paz mamá.

1 comentario

  1. Todo mi ánimo para este trance tan duro!!! Te entiendo, perfectamente, te entiendo. Alíviate pensando que parten a otro lugar, el cuerpo fallece, pero el alma jamás. Aún sin conocerte, te abrazo.
    Mar Ferreiro.

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